El Regreso de Alejandra

En el día mundial contra el cáncer de mama y quince años después de fundar Cim*ab, Alejandra de Cima vuelve a México para recordar que la enfermedad no entiende de edades ni de clases sociales.

Alejandra De Cima lleva varios años alejada de nuestro país. Reside en Múnich (Alemania). Allí vive con sus dos hijos, Milena, de 11 años, y Luca, de seis. Aunque lleva casi dos décadas viviendo en Europa, nunca se ha ido del todo. Mediante la fundación Cim*ab, que creó en 2002 tras superar un cáncer y que este año cumple 15, ha conseguido canalizar a 44,000 pacientes a estudios o consultas con precios preferenciales, ha logrado casi 25,000 análisis de detección o consultas médicas gratuitas y, además, ha podido concienciar a más de 23,000 personas sobre el cáncer de mama con sus pláticas. Y eso en un país en el que, según datos de la Secretaría de Salud, en 2016 se reportaron 23,000 casos de la enfermedad, muchos de ellos en fases ya muy avanzadas y que ocasionaron más de 6,000 muertes. Pareciera que aún queda mucho por hacer, por pelear.

Y Alejandra pelea. Lo hizo para combatir su enfermedad, a la que venció. Lo hizo, también, para luchar contra los miedos y los prejuicios, contra los convencionalismos de la élite social y económica con la que por su origen y por su primer matrimonio con el empresario Emilio Azcárraga Jean tenía que relacionarse. Y lo hace hoy, cuando regresa de un exilio autoimpuesto, porque sus hijos son mayores y su lucha tiene si cabe, en el mes del cáncer de mama, mucho más sentido.

La infancia de Alejandra, la quinta hija del matrimonio Sergio de Cima y Olivia Aldrete, fue poco convencional. En el recuerdo, divertidos pleitos infantiles. “Mi hermana mayor nos hacía formar por orden de edad a la hora del almuerzo”. Y en la memoria, también, algún dolor —como el divorcio de sus padres cuando ella contaba con cinco años—, tres o cuatro ciudades antes de instalarse en Guadalajara, una madre que debía trabajar y la separación de sus hermanos, divididos entre los progenitores.

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La palabra es cáncer


Alejandra tiene 30 años. Es el día del padre y hay una comida proyectada con invitados y una masajista que trata de relajar su musculatura tres horas antes del almuerzo. “La masajista me dijo: ‘Mira, Alejandra, siento como una dureza aquí, en la parte de arriba del busto’. Y cuando yo toqué pensé también que era raro”. Pero tiene 30 años. El cáncer no es una enfermedad que preocupe a los jóvenes. Alejandra acude a su ginecólogo. ¿Su diagnóstico? Una torsión de un músculo. La receta: dejar de hacer ejercicio, tomar vitaminas y regresar en tres meses. Después de tres meses y remedios con la efectividad del agua del grifo o los rezos a los santos, su doctor le recomienda ultrasonidos. Acude al hospital y la doctora que se los hace quiere tranquilizarla. “Alejandra, no estés nerviosa, yo también tuve cáncer y aquí estoy”. Incomprensión. Miedo. Dolor. “Empecé a llorar sin control mientras me ponía mi ropa. No entendía nada”. Las noticias corren. Quince minutos después su madre la telefonea. “¿Por qué estás llorando en el Hospital ABC?”. Recuerdos borrosos.

—¿Qué sintió cuando le dijeron finalmente el resultado?
Me morí de miedo. Incluso llegué a pronosticarme tres años de vida. Mi primer pensamiento fue: “Nunca tendré hijos”. Y yo quería ser madre.
—¿Cómo decidió tratar la enfermedad?
—Acudí a una clínica en San Luis, Misuri. Quise tomar todas las decisiones respecto a los tratamientos porque las ganas que tenía de ser madre eran muy fuertes. Y decidí salir de México porque existía una enorme presión mediática.

Los comentarios habituales eran: “¿Cómo es posible que Alejandra de Cima tenga cáncer? ¡No va a poder tener descendencia!”. Y eso me afectaba. Me sometí a dos operaciones más.

* Lee la entrevista completa en la edición de octubre 2017.